NAD+ y deporte: qué dice la investigación sobre la energía celular

Quien hace deporte siempre busca ese margen extra, la pequeña ventaja que separa una marca personal de un día normal, o un podio de un cuarto puesto. Durante décadas, la atención se ha centrado en lo que se puede ver y medir: fuerza, resistencia, nutrición, hidratación y tiempo de recuperación. Siguen siendo los pilares de la preparación deportiva. Pero en los últimos años la investigación en ciencias del deporte ha desplazado la mirada a un plano mucho más profundo: el nivel celular.

Dentro de cada célula de tu cuerpo se producen millones de reacciones químicas por segundo. Son estas reacciones las que te mantienen con vida, dan potencia a tus músculos y permiten a tu cerebro concentrarse y reaccionar en fracciones de segundo. Y en el centro de casi todas ellas hay una molécula: el NAD+ (nicotinamida adenina dinucleótido).

El NAD+ no se ve y no se “nota” como se nota la cafeína o un preentreno. No da un subidón rápido ni un empujón de fuerza pasajero. Trabaja en silencio, en segundo plano, como una bujía biológica de todo el sistema energético de tu cuerpo. Sin NAD+, tus células no podrían convertir los alimentos en energía utilizable. Tus músculos no se contraerían con eficiencia, a tu cerebro le costaría más mantener la concentración y los sistemas naturales de reparación del organismo se ralentizarían de forma notable.

Lo que hace que el NAD+ interese tanto a investigadores y profesionales del deporte es que
conecta
todos los grandes aspectos de la fisiología del esfuerzo: energía, resistencia, recuperación y tolerancia a la fatiga. Es la molécula que hace posible el metabolismo. Participa en la conversión de hidratos de carbono, grasas y proteínas en ATP, la moneda energética que impulsa cada movimiento. En los estudios, unos niveles altos de NAD+ se asocian con una mayor eficiencia mitocondrial (las “centrales energéticas” del organismo), una mejor función muscular y un rendimiento cognitivo más estable. Los niveles bajos, en cambio, se asocian con fatiga, una recuperación más lenta y menos energía disponible.

En personas jóvenes y bien descansadas, los niveles de NAD+ suelen ser altos. Con la edad, el estrés, el entrenamiento intenso, la falta de sueño o la enfermedad, estos niveles disminuyen de forma natural. Este descenso no afecta solo a cómo te sientes en el día a día: influye en la eficiencia con la que tus células generan y reponen energía. Para quien entrena al límite, incluso una bajada pequeña de NAD+ puede pesar en el equilibrio entre rendimiento y fatiga. Por eso el mantenimiento de los niveles de NAD+ se ha convertido en un tema central de las ciencias del deporte.

En los últimos años, científicos, médicos y especialistas en rendimiento han empezado a mirar más allá de los suplementos orales para encontrar vías más eficientes de aumentar el NAD+ en el organismo. Una de las vías más estudiadas hoy es la administración subcutánea (SC), es decir, la inyección de NAD+ justo debajo de la piel. Así, la molécula se absorbe de forma gradual desde el tejido subcutáneo y queda disponible para las células de manera más constante a lo largo del tiempo. La idea es actuar sobre la energía celular desde la base: sobre cómo el organismo genera, utiliza y repone la energía.

La administración subcutánea de NAD+ se ha explorado, en estudios preliminares y en experiencias relatadas por deportistas, en relación con la resistencia al esfuerzo, la recuperación entre sesiones y la protección del tejido muscular frente al daño oxidativo. En los modelos experimentales, el apoyo a la función mitocondrial y la reducción del estrés oxidativo son los mecanismos que se investigan con más frecuencia.

La investigación todavía está en desarrollo, pero los primeros resultados son interesantes. Empezamos a entender que el rendimiento deportivo no depende solo de los músculos, los pulmones o la fuerza de voluntad: también depende de lo bien que tus células funcionen. La línea de investigación más prometedora quizá no tenga que ver con algo nuevo que añadas a tu entrenamiento, sino con algo que ya está dentro de ti: el NAD+, una coenzima presente de forma natural en cada célula.

Esta atención creciente a la salud celular supone un cambio importante en la forma en que deportistas y entrenadores entienden la preparación. En lugar de gestionar solo factores externos como la dieta y el volumen de entrenamiento, empiezan a mirar hacia dentro, al nivel molecular. La administración subcutánea de NAD+ es uno de los desarrollos más estudiados en este campo.

Entender el NAD+: una coenzima en el centro del metabolismo

Para entender por qué importa el NAD+, imagina tu cuerpo como una red enorme de motores diminutos: tus células. Cada latido, cada respiración, cada zancada en la pista y cada contracción de una fibra muscular dependen de que esos motores celulares funcionen con eficiencia. Igual que el motor de un coche necesita combustible y bujías, tus células necesitan un aporte constante de moléculas energéticas. Esa energía llega en forma de ATP (adenosín trifosfato), la moneda energética universal del organismo.

Pero el ATP no aparece de la nada. Se crea mediante una cadena de reacciones químicas que transforman los nutrientes de los alimentos (hidratos de carbono, grasas y proteínas) en energía utilizable. Y aquí es donde el NAD+ (nicotinamida adenina dinucleótido) entra en juego. El NAD+ es el intermediario clave de este proceso: hace que la energía pase con fluidez de una reacción a la siguiente. Sin él, la “cadena de montaje” celular que produce ATP se detiene.

Piensa en el NAD+ como una lanzadera molecular o un mensajero de energía. Transporta electrones de alta energía de un punto a otro de la célula y alimenta las reacciones que generan ATP. En las

mitocondrias, las pequeñas estructuras del interior de las células a las que se suele llamar “centrales energéticas del organismo”, el NAD+ tiene un papel central en la conversión de las moléculas de los alimentos en energía utilizable. Participa en un proceso llamado fosforilación oxidativa, que es, en esencia, la forma en que tus células extraen energía con eficiencia. Cuanto más NAD+ tienen disponible las células, mayor es su capacidad de producir energía.

Cuando los niveles de NAD+ son adecuados, los mecanismos energéticos de la célula funcionan con regularidad. La producción de energía es fluida y los procesos de recuperación avanzan sin interrupciones. Cuando los niveles de NAD+ empiezan a bajar, algo que ocurre de forma natural con la edad, el entrenamiento intenso, el estrés o la falta de descanso, las células pierden parte de esa eficiencia. Las manifestaciones descritas en la literatura científica incluyen fatiga persistente, tiempos de recuperación más largos y una menor tolerancia a la carga de trabajo.

No se trata solo de cansancio a corto plazo. Unos niveles bajos de NAD+ afectan al funcionamiento de las mitocondrias, a la rapidez con la que se renuevan y a la eficacia con la que las células se defienden del estrés oxidativo y la inflamación. Dicho de forma sencilla: cuando las reservas de NAD+ son bajas, disminuye la capacidad del organismo de producir energía de manera eficiente. Por eso el mantenimiento de los niveles de NAD+ se ha convertido en un tema de estudio central, no solo en el deporte de élite, sino también en la investigación sobre salud general.

Algo interesante del NAD+ es que hace mucho más que participar en la producción de ATP. También actúa como molécula de señalización que se comunica con unas enzimas llamadas sirtuinas, que regulan la reparación celular, el metabolismo y la respuesta al estrés. A las sirtuinas se las describe a veces como “proteínas de la longevidad” porque participan en la respuesta de las células al estrés, en la reparación de los daños del ADN y en el mantenimiento del equilibrio metabólico. Sin suficiente NAD+, estas enzimas no pueden funcionar al máximo y, con el tiempo, la capacidad de reparación muscular y la eficiencia metabólica se reducen.

Para quien hace deporte, esta conexión entre el NAD+ y la resiliencia celular es especialmente relevante. El entrenamiento de alta intensidad supone una carga enorme para el organismo. Las fibras musculares se dañan y se reconstruyen, la demanda de oxígeno se dispara y en el proceso se generan radicales libres. El NAD+ participa en la gestión de todos estos aspectos: alimenta los procesos de reparación, contribuye al control del estrés oxidativo y mantiene operativas las vías energéticas. En resumen, el NAD+ es lo que permite a tus células recuperar el equilibrio después de haber sido llevadas al límite.

El problema es que los niveles de NAD+ no son constantes. La investigación ha observado que el NAD+ disminuye en torno a un 50% entre la juventud adulta y la mediana edad. Si se suman factores como dormir poco, una alimentación deficiente o el sobreentrenamiento, la caída puede ser aún más rápida. Cuando esto ocurre, la producción de energía se ralentiza y los tiempos de recuperación se alargan. Por eso el equilibrio del NAD+ ya no se ve como una simple curiosidad científica: es un tema práctico para deportistas, preparadores y cualquiera que quiera mantener su capacidad de rendimiento a largo plazo.

Tu organismo es capaz de producir NAD+ por sí mismo a partir de nutrientes como
la
niacina (vitamina B3), el triptófano y el ribósido de nicotinamida. El ejercicio regular, dormir bien y una alimentación equilibrada contribuyen a la producción de NAD+. Sin embargo, cuando las cargas de entrenamiento son muy altas o la producción natural no cubre la demanda, se estudian enfoques específicos como la administración subcutánea de NAD+.

Entender el NAD+ es, en muchos sentidos, entender el motor que hay detrás de toda forma de vida. Es la molécula que alimenta el metabolismo, participa en los procesos de recuperación y mantiene en marcha la maquinaria biológica. Cuanto más avanza la investigación, más claro queda que la energía y la resiliencia no dependen solo de lo fuerte que seas: dependen de lo sanas que estén tus células.

¿Por qué la administración subcutánea de NAD+?

Hay varias formas de aumentar los niveles de NAD+ en el organismo. Los métodos más habituales son el apoyo a través de la dieta, los suplementos orales como el NMN (mononucleótido de nicotinamida) o el NR (ribósido de nicotinamida), y las infusiones intravenosas (IV) que introducen el NAD+ directamente en el torrente sanguíneo. Cada método tiene sus características, pero últimamente una opción más reciente ha llamado la atención por su equilibrio entre perfil de absorción y practicidad: la administración subcutánea (SC) de NAD+.

La administración subcutánea consiste simplemente en inyectar el NAD+ en la capa de tejido graso que hay justo debajo de la piel, normalmente en zonas como el abdomen, la parte superior del brazo o el muslo. Desde ahí, la molécula se absorbe de forma gradual y queda disponible para las células de todo el organismo. A diferencia de las infusiones intravenosas, que introducen el NAD+ rápidamente y requieren tiempo en una clínica, o de los suplementos orales, que tienen que pasar por el sistema digestivo y pueden perder parte de su contenido por el camino, la inyección subcutánea ofrece una absorción lenta y constante que mantiene los niveles de NAD+ más estables a lo largo del tiempo.

Esta liberación lenta y sostenida es una de las principales características de la vía subcutánea. Cuando el NAD+ se administra por vía intravenosa, los niveles en sangre suben rápido, pero también pueden caer deprisa al terminar el tratamiento. Las formas orales, aunque cómodas, suelen tener problemas de absorción, porque las enzimas digestivas y el metabolismo hepático degradan una parte del compuesto antes de que llegue a la circulación. La inyección subcutánea, en cambio, evita por completo el paso por el sistema digestivo y permite una absorción gradual, con una disponibilidad celular más estable y prolongada.

Para quien entrena, esta constancia es un factor práctico relevante. El entrenamiento impone al organismo demandas de energía altas y variables. Tener NAD+ disponible de forma constante y controlada significa que las células implicadas en la producción de energía, la reparación y la recuperación disponen de la coenzima durante todo el día, y no solo en las horas inmediatamente posteriores a la

administración. Así se evitan los “picos y valles” propios de las vías de administración menos graduales.

Otro motivo por el que la vía subcutánea despierta interés es la comodidad. La terapia intravenosa suele requerir citas en clínicas especializadas y sesiones de infusión que pueden durar varias horas. Las inyecciones subcutáneas de NAD+ se administran con mucha más facilidad, a menudo en casa, y llevan solo unos minutos. Esta flexibilidad permite integrar la administración en las rutinas de entrenamiento y recuperación sin alterar la organización del día.

La vía subcutánea también interesa a quienes valoran la precisión y el control. La dosis y la frecuencia las establece el médico en función de las necesidades de cada persona, sus objetivos y su fase de preparación. Por ejemplo, la pauta de un deportista de resistencia en un bloque de entrenamiento exigente puede ser distinta de la de alguien centrado en el bienestar general. Este grado de personalización hace que el método se adapte a contextos y objetivos muy distintos.

Además de la comodidad y la constancia en la liberación, algunas observaciones preliminares han explorado un posible efecto en los tejidos cercanos al punto de inyección. Como el NAD+ participa en los procesos de reparación, su presencia en los tejidos circundantes se ha estudiado en relación con el metabolismo local y la microcirculación. Es un ámbito de investigación que todavía está en una fase inicial.

Desde el punto de vista fisiológico, mantener estables los niveles de NAD+ es relevante para las mitocondrias, las estructuras que generan ATP dentro de cada célula. Cuando la disponibilidad de NAD+ se mantiene constante, las mitocondrias trabajan de forma más eficiente. Por eso la vía subcutánea se estudia sobre todo en disciplinas que exigen resistencia prolongada y recuperaciones rápidas entre sesiones.

En definitiva, la administración subcutánea de NAD+ representa un término medio práctico: evita el paso digestivo de los suplementos orales, requiere menos tiempo que las infusiones intravenosas y mantiene un aporte constante a lo largo del tiempo. Para quien entrena, significa poder integrar la administración en su rutina sin la limitación organizativa de los tratamientos en clínica.

A medida que avanza la investigación, la administración subcutánea de NAD+ se estudia no solo en el ámbito del rendimiento deportivo, sino también en el de la medicina de la longevidad. Aportar una de las coenzimas más importantes del organismo de forma lenta y constante es un enfoque que mira a los mecanismos celulares de base.

NAD+ y fisiología del esfuerzo: los mecanismos estudiados

La relación entre el NAD+ y el rendimiento deportivo empieza en el nivel más pequeño: la célula. Cada movimiento, de un esprint corto a una carrera de larga distancia, de un levantamiento pesado a una recuperación rápida, depende de innumerables reacciones químicas que tienen lugar dentro de las células. Estas reacciones convierten los alimentos en energía utilizable, reparan los tejidos dañados y eliminan los productos de desecho. El NAD+ (nicotinamida adenina dinucleótido) está en el centro de todos estos procesos. Sin suficiente NAD+, esas reacciones se ralentizan.

Cuando los niveles de NAD+ son estables y adecuados, la maquinaria celular trabaja con la máxima eficiencia. Las mitocondrias, las “centrales energéticas” microscópicas de cada célula, producen de forma más eficiente ATP (adenosín trifosfato), la molécula de energía que impulsa el movimiento. En los estudios, esto se traduce en una mayor capacidad de sostener intensidades altas antes de que aparezca la fatiga.

Un aspecto relevante del NAD+ es que tiene que ver con la eficiencia celular y no con la estimulación. Los estimulantes tradicionales, como la cafeína o las mezclas de preentreno, actúan aumentando el estado de alerta y la frecuencia cardíaca, con un efecto temporal. El NAD+ actúa de una forma completamente distinta: participa en la propia maquinaria de producción de energía. Interviene en la función mitocondrial, en la eficiencia del rendimiento energético y en la gestión de los subproductos metabólicos, entre ellos el lactato, que acompañan al esfuerzo intenso.

Con el tiempo, estos mecanismos se han estudiado en relación con parámetros medibles. En los estudios, unos niveles más altos de NAD+ se asocian con un uso más eficiente del oxígeno, algo clave para deportistas de resistencia como ciclistas, corredores y nadadores. Un uso eficiente del oxígeno significa poder sostener la actividad aeróbica durante más tiempo con la misma fatiga acumulada. En los deportes de fuerza y potencia, la investigación ha explorado la relación entre la función mitocondrial y la rapidez de recuperación entre series o esprints.

Pero el NAD+ no se limita a la producción de energía: también interviene en cómo se adapta tu organismo al entrenamiento. Una de las vías principales que activa el NAD+ es la vía de señalización SIRT1-PGC-1α, que regula la biogénesis mitocondrial, es decir, la formación de nuevas mitocondrias. Se trata, en la práctica, de aumentar el número de “centrales energéticas” dentro de cada célula muscular. En los estudios, un mayor número de mitocondrias se ha asociado con una mayor capacidad aeróbica y una mejor tolerancia a las cargas repetidas. Este proceso es especialmente relevante para el desarrollo del rendimiento a largo plazo, porque tiene que ver con la capacidad de sostener volúmenes de entrenamiento altos durante semanas y meses.

Una mayor actividad del NAD+ también se ha relacionado con la flexibilidad metabólica, es decir, la capacidad del organismo de alternar con eficiencia entre hidratos de carbono y grasas como fuente de energía. Este aspecto es relevante

en las pruebas de resistencia y en los deportes de esfuerzo mixto, en los que el organismo tiene que adaptarse continuamente a cambios de intensidad. Cuando hay NAD+ disponible en cantidad adecuada, el metabolismo se mantiene más reactivo y se reduce el “retraso” de adaptación que suele observarse al pasar del esfuerzo aeróbico al anaeróbico. El resultado que describen los estudios es una mayor continuidad entre sesiones de entrenamiento.

Quienes utilizan inyecciones subcutáneas de NAD+ relatan experiencias que van en esta línea. Muchos describen una energía más constante a lo largo del día, en lugar de picos y bajones. Otros cuentan que la recuperación entre entrenamientos intensos se les hace menos pesada. Algunos describen una mayor claridad mental en competición, algo coherente con el papel del NAD+ en el metabolismo energético del cerebro. Son relatos subjetivos, que no tienen el valor probatorio de un estudio controlado, pero reflejan lo que la investigación de laboratorio ha observado: la disponibilidad de NAD+ interviene en la función mitocondrial, el estrés oxidativo y el metabolismo energético a nivel celular.

Desde el punto de vista bioquímico, el NAD+ también participa en el metabolismo del lactato. Durante el ejercicio intenso, cuando el aporte de oxígeno no cubre la demanda de energía, el organismo produce lactato (a menudo llamado ácido láctico). Esto contribuye a la sensación de ardor muscular y a la fatiga. El NAD+ participa en la conversión del lactato en piruvato, una molécula que puede volver a entrar en el ciclo energético para producir ATP de nuevo. Dicho de otro modo, contribuye a “reciclar” los subproductos del esfuerzo. Es uno de los mecanismos que se estudian para explicar la relación entre los niveles de NAD+ y la capacidad de sostener esfuerzos prolongados.

También hay un aspecto neurológico. El cerebro es un órgano de alto consumo energético que utiliza alrededor del 20% del ATP total del organismo. Cuando hay suficiente NAD+, el metabolismo energético neuronal es más eficiente, algo que en los estudios se ha relacionado con la concentración, la coordinación y el tiempo de reacción, capacidades clave tanto en los deportes de resistencia como en los de precisión. Para quien practica disciplinas rápidas o de alta exigencia atencional, como el tenis, los deportes de combate o los deportes de equipo, es un aspecto que se estudia con atención.

A largo plazo, el mantenimiento de unos niveles adecuados de NAD+ también se ha estudiado en relación con el síndrome de sobreentrenamiento, un estado de fatiga crónica, desequilibrio hormonal y caída del rendimiento debido a una recuperación insuficiente. Al participar en los procesos de reparación celular y en la gestión del estrés oxidativo, el NAD+ interviene en los mecanismos que hacen que la carga de entrenamiento se convierta en adaptación y no en deterioro.

Lo que distingue a la vía subcutánea es la constancia. En lugar de producir una subida rápida de NAD+ como la infusión intravenosa, la administración subcutánea permite una liberación gradual y continua. Así, las células disponen de la coenzima de forma constante. Para quien entrena, esto se traduce en un perfil de disponibilidad más estable a lo largo del día.

La relación entre el NAD+ y la fisiología del deporte se resume en una idea: la eficiencia celular es la base de la eficiencia física. Cuando cada célula produce energía de forma eficiente, se repara y se comunica correctamente, el organismo en su conjunto funciona mejor. La administración de NAD+ no lleva al cuerpo más allá de sus límites: actúa sobre los mecanismos de base que sostienen la resistencia, la fuerza, la concentración y la recuperación.

En este sentido, ocuparse de los niveles de NAD+ no es un atajo: es una forma de mirar a la biología de fondo. Al actuar sobre la energía en su origen, la investigación estudia una forma de preparación que pone la salud, la resiliencia y la longevidad al mismo nivel que la velocidad o la fuerza.

NAD+ y procesos de recuperación

Si el rendimiento tiene que ver con cuánto puedes exigirte, la recuperación tiene que ver con lo bien que puedes reconstruir, y es ahí donde el NAD+ (nicotinamida adenina dinucleótido) se ha estudiado más a fondo. No se trata solo de producir energía durante el entrenamiento, sino de reponerla después para que el organismo pueda adaptarse. En muchos sentidos, el NAD+ es el puente entre el esfuerzo y la adaptación.

Después de un entrenamiento exigente, el organismo entra en un estado de estrés controlado. En los músculos se producen microrroturas, la inflamación aumenta como parte del proceso de reparación y empiezan a acumularse unas moléculas llamadas radicales libres, subproductos inestables de la producción de energía. Es una parte natural y necesaria de la adaptación, pero también puede causar fatiga, agujetas y una recuperación más lenta si los sistemas de reparación celular no dan abasto. El NAD+ tiene un papel central en estos sistemas y coordina los procesos de reparación y regeneración en el nivel biológico más profundo.

En el centro de este proceso hay unas enzimas llamadas PARP (poli ADP-ribosa polimerasas) y sirtuinas, que necesitan NAD+ para funcionar. Piensa en las PARP como equipos de reparación de urgencia que acuden a arreglar los daños en el ADN causados por el estrés físico y las reacciones oxidativas. Las sirtuinas, por su parte, hacen de control de calidad: participan en la contención de la inflamación, la regulación del metabolismo y la eficiencia celular durante y después de la fase de recuperación. Sin suficiente NAD+ para alimentar estas enzimas, los procesos de reparación se ralentizan, con agujetas más prolongadas, más inflamación y un mayor riesgo de sobreentrenamiento o lesión.

Con unos niveles adecuados de NAD+, estos sistemas de reparación disponen del sustrato que necesitan para trabajar con eficiencia. En los estudios, esto se traduce en tiempos de recuperación más cortos entre sesiones y en una mejor reparación de los tejidos. Por eso muchos especialistas describen el NAD+ no solo como una molécula de la energía, sino también como una molécula de la recuperación, es decir, un elemento que participa en que la carga de entrenamiento se transforme en adaptación.

El NAD+ también participa en la regulación de la inflamación, que es la respuesta natural del organismo al esfuerzo físico intenso. Después del ejercicio, el sistema inmunitario libera unas moléculas de señalización llamadas citocinas para poner en marcha la reparación, pero cuando la inflamación se mantiene alta demasiado tiempo puede interferir en la reconstrucción muscular. La investigación ha observado

que unos niveles más altos de NAD+ se asocian con concentraciones más bajas de moléculas inflamatorias como el TNF-alfa y la IL-6, dos de los principales mediadores de las agujetas y la rigidez muscular. Dicho de forma sencilla: en los estudios, una disponibilidad adecuada de NAD+ va acompañada de una resolución más rápida de la respuesta inflamatoria.

Otro aspecto de la recuperación es el estrés oxidativo, que se produce cuando los radicales libres superan a los antioxidantes capaces de neutralizarlos. Este desequilibrio puede dañar las membranas celulares, ralentizar la reparación muscular e incluso afectar a la función inmunitaria. El NAD+ participa en el restablecimiento de este equilibrio, apoyando las defensas antioxidantes y los procesos de reparación del daño oxidativo. Alimenta las sirtuinas que regulan las reacciones redox (de reducción-oxidación) en la célula. Quienes mantienen niveles más altos de NAD+ suelen referir menos fatiga residual después de bloques de entrenamiento exigentes.

La reposición de energía es otra parte esencial de la recuperación, y también aquí interviene el NAD+. Después del ejercicio, las células tienen que reconstruir sus reservas de ATP (adenosín trifosfato) que son la principal fuente de energía muscular. El NAD+ actúa como cofactor en las vías metabólicas que regeneran el ATP. Cuando las reservas de NAD+ son adecuadas, esta fase de reposición avanza más rápido. Con el tiempo, esto se traduce en una mayor continuidad en el entrenamiento, uno de los factores más importantes para los resultados a largo plazo.

La administración subcutánea de NAD+ (NAD+ SC) interviene en este proceso depositando la molécula justo debajo de la piel, desde donde se absorbe de forma gradual. Esta absorción lenta y continua mantiene los niveles de NAD+ más estables a lo largo del día. En los deportistas de resistencia, la investigación ha explorado el efecto sobre la fatiga acumulada en las semanas de mucha carga. En los deportistas de fuerza y potencia, la atención se centra en las agujetas y en los tiempos entre sesiones de alta intensidad.

Los efectos estudiados no se limitan a los músculos. El NAD+ participa en la función mitocondrial de las neuronas, algo que en los estudios se ha relacionado con la fatiga mental y la concentración. Es un aspecto relevante para quien tiene que compaginar la carga física con exigencias tácticas o cognitivas.

A lo largo de semanas y meses, el mantenimiento de unos niveles adecuados de NAD+ se ha estudiado en relación con la gestión de los ciclos de entrenamiento. En lugar de alternar fases de buena forma con fases de agotamiento, muchos describen un ritmo más regular entre esfuerzo y recuperación. Esa regularidad es la que permite la sobrecarga progresiva, es decir, el aumento gradual de la intensidad, sin cruzar el umbral del sobreentrenamiento o la lesión.

En resumen: el NAD+ participa en los procesos que convierten la carga en adaptación. Alimenta los sistemas bioquímicos que reparan y reconstruyen el organismo después de cada entrenamiento. Mantener unos niveles adecuados de NAD+, ya sea a través del estilo de vida o de la administración subcutánea, significa dar al organismo el sustrato que necesitan sus mecanismos de reparación.

La recuperación no es solo descanso: es la fase en la que el organismo construye fuerza, resistencia y resiliencia. El NAD+ participa en este proceso, y por eso es uno de los ámbitos más estudiados de las ciencias de la recuperación deportiva.

NAD+ y función muscular

Cuando se piensa en rendimiento muscular, se suele pensar en la fuerza bruta: la capacidad de levantar mucho peso o de generar potencia explosiva. Pero el rendimiento muscular va mucho más allá. También tiene que ver con la resistencia, la resiliencia, la coordinación y la capacidad de sostener el esfuerzo en el tiempo. Los músculos que rinden bien no solo se contraen con fuerza: se contraen con eficiencia, se recuperan rápido y resisten la fatiga. Uno de los elementos centrales de todos estos procesos es el NAD+ (nicotinamida adenina dinucleótido), una coenzima que participa en el metabolismo energético celular y en los sistemas responsables de la reparación y la adaptación muscular.

Dentro de cada fibra muscular hay miles de mitocondrias, los generadores de energía de la célula. Estas mitocondrias dependen en gran medida del NAD+ para producir ATP (adenosín trifosfato), la molécula que impulsa la contracción muscular. Cuando los niveles de NAD+ son altos, las mitocondrias producen energía de forma eficiente y los músculos pueden contraerse repetidamente con una acumulación de fatiga más lenta. Cuando los niveles de NAD+ bajan, la producción de energía se vuelve menos eficiente, con más productos de desecho, más estrés oxidativo y una aparición más temprana de la fatiga. En pocas palabras, el NAD+ es lo que mantiene en marcha los mecanismos energéticos del músculo de una repetición, zancada o brazada a la siguiente.

Otra función importante del NAD+ en la fisiología muscular es mantener lo que se conoce como equilibrio redox. Cada vez que tus músculos generan energía, también producen radicales libres, moléculas inestables que pueden dañar las células si no se neutralizan. El NAD+ alimenta enzimas que neutralizan estos radicales libres y participan en la reparación del daño oxidativo, lo que contribuye a preservar la integridad estructural de las células musculares. Cuando el equilibrio redox se mantiene, los músculos se recuperan más rápido entre un esfuerzo y otro. Para los deportistas de resistencia (corredores, ciclistas, nadadores), esto significa poder mantener el ritmo y la técnica incluso en la parte final de una sesión larga o de una carrera.

El NAD+ también interviene en la forma en que los músculos utilizan el oxígeno. Durante la actividad aeróbica, el oxígeno llega a las células musculares, donde se utiliza para producir ATP mediante la fosforilación oxidativa. En este proceso, el NAD+ actúa como transportador esencial de electrones y los traslada de una reacción a otra para que el oxígeno se convierta en energía de forma eficiente. Una mayor disponibilidad de NAD+ mejora este intercambio, con un uso más eficiente del oxígeno y una menor dependencia de las vías anaeróbicas que producen lactato. En los estudios, esto se traduce en una menor sensación de ardor muscular y en transiciones más suaves entre distintos niveles de intensidad.

Pero el NAD+ no participa solo en la contracción: también participa en los procesos de reconstrucción y crecimiento. Después de un ejercicio intenso, las fibras musculares presentan microrroturas que hay que reparar. El NAD+ alimenta un grupo de proteínas llamadas sirtuinas, en particular la SIRT1, que regulan la activación
de las
células satélite, las células madre musculares especializadas que reparan y regeneran el tejido. Cuando los niveles de NAD+ son adecuados, las células satélite son más activas y eficientes, con tiempos de reparación más cortos y una adaptación más eficaz a la carga de entrenamiento. Este

proceso es la base de las mejoras de fuerza y resistencia: se somete un músculo a un esfuerzo, se repara y el músculo se adapta. El NAD+ participa en que ese ciclo de reparación se complete de forma rápida.

Otra conexión interesante entre el NAD+ y la fisiología muscular tiene que ver con la síntesis de proteínas y la biogénesis mitocondrial. Al activar vías como PGC-1α, el NAD+ participa en la formación de nuevas mitocondrias dentro de las células musculares. Más mitocondrias significan una mayor capacidad de producción de energía y una mejor tolerancia a la fatiga. Esta adaptación es uno de los objetivos principales del entrenamiento de resistencia constante, y el NAD+ es una de las señales moleculares que participan en su activación.

A largo plazo, el mantenimiento de unos niveles adecuados de NAD+ también se ha estudiado en relación con la pérdida de masa muscular asociada a la edad, conocida como sarcopenia. Con los años, los niveles de NAD+ bajan de forma natural, con una reparación más lenta y una reducción de la fuerza y la masa muscular. La función mitocondrial disminuye y el estrés oxidativo aumenta. Apoyar el NAD+ mediante la alimentación, el ejercicio y, en su caso, la administración subcutánea es una de las estrategias que se estudian en relación con el mantenimiento de la función muscular a lo largo del tiempo. No se trata de impedir el envejecimiento, sino de estudiar los mecanismos que lo acompañan.

El papel del NAD+ tiene también una vertiente cognitiva y neuromuscular. Moverse con eficiencia no depende solo de tener músculos fuertes: depende de que el cerebro se comunique con claridad con esos músculos. El NAD+ participa en el metabolismo energético de las neuronas, que sostiene las señales eléctricas de las que dependen la coordinación y la sincronización. En los estudios, esto se ha relacionado con la calidad del gesto técnico y con los tiempos de reacción.

En el deporte de alto rendimiento, este apoyo a nivel celular se ha estudiado en relación con la continuidad del entrenamiento y la capacidad de sostener el esfuerzo. En el caso de deportistas aficionados o de quienes se centran en la salud a largo plazo, la investigación se ha fijado en la constancia de la energía disponible y en el mantenimiento de un estilo de vida activo.

En esencia, el NAD+ es un elemento de fondo de la fisiología muscular. Mantiene en marcha la maquinaria celular que alimenta tus músculos, participa en los procesos de reparación y adaptación con los que se construye la fuerza e interviene en la gestión del desgaste por entrenamiento y por edad. Mantener los niveles de NAD+, ya sea a través del estilo de vida, la alimentación o la administración subcutánea, significa dar a los músculos el sustrato que necesitan sus mecanismos.

Qué dice la investigación y qué queda por estudiar

Desde que el NAD+ se ha convertido en un tema central de las ciencias del deporte y de la investigación en bienestar, los estudios han explorado cada vez más cómo influye el aumento de esta molécula en la salud, la recuperación y el rendimiento físico. La mayor parte de la investigación existente ha examinado los precursores orales del NAD+ como el NMN (mononucleótido de nicotinamida) y el NR (ribósido de nicotinamida), además
de las
infusiones intravenosas (IV) de NAD+. El panorama que dibujan estos enfoques es coherente: cuando los niveles de NAD+ aumentan, las células trabajan de forma más eficiente. La producción de energía es más eficiente, el estrés oxidativo disminuye y los mecanismos de reparación se aceleran.

En estudios de laboratorio y en animales, la suplementación con NAD+ se ha asociado con una mejora de la función mitocondrial, el proceso por el que las células generan energía. Por ejemplo, los ratones que reciben precursores del NAD+ suelen mostrar mayor resistencia al esfuerzo, músculos más fuertes y una mejor tolerancia a la fatiga. Los estudios en humanos, aunque menos numerosos, apuntan en la misma dirección a menor escala. En ensayos clínicos preliminares, los participantes que recibieron precursores del NAD+ mostraron mejores marcadores de salud metabólica, una reducción de los marcadores inflamatorios y un aumento de la capacidad aeróbica. Estos datos sugieren que el NAD+ tiene un papel importante en los sistemas energéticos implicados en el rendimiento deportivo.

Sin embargo, la administración subcutánea (SC) de NAD+ representa un ámbito de investigación más reciente. Mientras que la terapia intravenosa introduce el NAD+ directamente en el torrente sanguíneo, con una subida rápida seguida de una caída brusca, la inyección subcutánea permite una absorción lenta y sostenida, con niveles de NAD+ más estables a lo largo del tiempo. Esta liberación más gradual se estudia precisamente en relación con los ritmos de entrenamiento y recuperación.

Los primeros datos, todavía limitados, indican que la administración subcutánea puede aumentar las concentraciones de NAD+ tanto en sangre como en tejidos. Algunos estudios piloto pequeños y observaciones clínicas han explorado sus efectos sobre la función mitocondrial, los marcadores de estrés oxidativo y los tiempos de recuperación entre esfuerzos repetidos. Son resultados iniciales, y los investigadores subrayan que todavía hacen falta estudios controlados a gran escala para definir con precisión los efectos en deportistas entrenados.

Las preguntas abiertas giran sobre todo en torno a la dosis, la frecuencia y los efectos a largo plazo. ¿Cuánto NAD+ necesita realmente el organismo? ¿Con qué frecuencia habría que administrar las dosis subcutáneas para mantener niveles estables sin saturación? ¿Y qué ocurre después de meses, o años, de uso continuado? Actualmente se están diseñando estudios longitudinales para responder a estas preguntas, y se espera que la próxima década de investigación aporte respuestas mucho más claras.

A pesar de la falta de datos clínicos amplios, los testimonios recogidos entre deportistas, entrenadores y centros de rendimiento de todo el mundo son numerosos. Muchos refieren una mayor capacidad de sostener el esfuerzo, una recuperación más rápida entre sesiones y una energía más constante a lo largo del día. Los deportistas de resistencia cuentan que pueden mantener zonas de frecuencia cardíaca altas durante más tiempo antes de que aparezca la fatiga. Los de fuerza refieren menos agujetas después de entrenar. Los relatos personales no tienen el peso científico de los ensayos controlados, pero son una primera señal coherente con lo que ya se sabe sobre la biología del NAD+.

Otro ámbito de interés creciente es cómo podría interactuar el NAD+ con otras estrategias de recuperación y rendimiento, como la terapia de luz roja, la crioterapia, el ayuno y la distribución de los nutrientes. Como el NAD+ regula tantas vías celulares, los investigadores plantean la hipótesis de una acción sinérgica con estas intervenciones. El interés se centra sobre todo en si el NAD+ podría intervenir en el estrés celular asociado al sobreentrenamiento y en el mantenimiento de la capacidad de rendimiento de los deportistas de más edad.

El panorama que dibujan los datos disponibles es interesante. El NAD+ no funciona como un estimulante ni como una solución rápida: es una coenzima que participa en los procesos de base de la energía, la recuperación y la reparación. La administración subcutánea, en particular, se estudia como una forma de mantener estos niveles de manera constante, sin la limitación organizativa de las infusiones intravenosas ni la variabilidad de absorción de los suplementos orales.

Por ahora, los investigadores coinciden en una idea central: mantener los niveles de NAD+, por cualquier medio seguro y eficaz, tiene que ver con la capacidad del organismo de funcionar cerca de su potencial biológico. A medida que lleguen nuevos datos de los ensayos en curso, es probable que haya pautas más claras sobre cómo integrar la administración subcutánea de NAD+ en los programas de rendimiento y recuperación deportiva. El campo todavía es joven, pero la dirección está clara: la siguiente fase en el estudio del rendimiento deportivo empieza en el nivel más pequeño posible, la célula.

La visión de conjunto: la biología celular como nuevo terreno de estudio

En las últimas décadas, las ciencias del deporte han pasado de centrarse en músculos y macronutrientes a un enfoque mucho más amplio: la optimización celular. En lugar de preguntarse cuánta fuerza o velocidad puede alcanzar un deportista, la pregunta se desplaza hacia cómo trabajan, se reparan y se adaptan sus células bajo presión. En este nuevo marco, el NAD+ (nicotinamida adenina dinucleótido) ocupa un lugar central. Esta coenzima conecta casi todos los procesos que determinan el rendimiento deportivo: producción de energía, recuperación, adaptación muscular, defensas inmunitarias y función cerebral.

Tradicionalmente, el progreso se ha medido con parámetros visibles y tangibles: tiempos parciales, peso levantado, composición corporal, frecuencia cardíaca y VO2 máx. Siguen siendo fundamentales, pero todos son consecuencia de lo que ocurre dentro de las células. El metabolismo energético, la función mitocondrial y el equilibrio oxidativo determinan cómo evolucionan esos parámetros externos. Por eso muchos científicos describen hoy la salud celular como la “base del rendimiento”.

El NAD+ es una pieza central de esa base. Es la coenzima que alimenta las reacciones químicas responsables de producir ATP, la moneda energética de la vida. También activa las sirtuinas, una familia de enzimas que regulan la reparación del ADN, la inflamación, el metabolismo y el mantenimiento celular. Dicho de otro modo, el NAD+ no participa solo en el rendimiento: participa en el mantenimiento de la infraestructura que hace posible el rendimiento a lo largo del tiempo. Cuando los niveles de NAD+ son adecuados, las células gestionan mejor la carga del entrenamiento y completan los procesos de recuperación.

Para quien hace deporte, este giro hacia la optimización de la salud celular ofrece una forma distinta de pensar en la preparación. En lugar de limitarse a aumentar cargas y volúmenes, se mira a la maquinaria interna del organismo. La administración subcutánea (SC) de NAD+ forma parte de esta evolución. Al mantener niveles estables de NAD+ mediante una administración controlada, se actúa sobre los procesos naturales que hacen más eficaz el entrenamiento. Una reparación celular eficiente tiene que ver con la continuidad del trabajo. Una mejor función mitocondrial, con la producción de energía en las sesiones largas. Y un mejor equilibrio oxidativo, con los tiempos de recuperación.

Este tipo de optimización no sustituye al trabajo duro, sino que acompaña al esfuerzo. El NAD+ no actúa como un estimulante ni como un potenciador artificial, y no lleva al cuerpo más allá de sus límites. Participa en los mecanismos que permiten al organismo funcionar en sus mejores condiciones biológicas. Es el equivalente a poner a punto un motor en lugar de limitarse a pisar más el acelerador. Para quien entrena, significa trabajar de forma más inteligente: un rendimiento más constante, menos bajones y progresos sostenibles en el tiempo.

Lo que hace especialmente interesante al NAD+ es su carácter transversal. No se limita a un solo sistema del organismo. Al intervenir en la función mitocondrial, tiene que ver con la resistencia. Al alimentar la reparación del ADN, con la recuperación. Al participar en el metabolismo energético de las neuronas, con la concentración y la toma de decisiones bajo presión. En este sentido, el NAD+ conecta la parte física y la parte mental del rendimiento, algo relevante para quien compite y tiene que mantener la claridad y la precisión incluso con fatiga.

Más allá del deporte de élite, esta atención a la salud celular también está cambiando la forma de entender el fitness y la investigación sobre longevidad. Deportistas aficionados y personas que cuidan su salud están tomando conciencia de que la función celular no tiene que ver solo con el rendimiento, sino también con los procesos del envejecimiento, la función inmunitaria y la respuesta al estrés diario. El mantenimiento de los niveles de NAD+ a través del estilo de vida, la alimentación y vías de administración como la subcutánea es uno de los ámbitos de estudio más activos.

Las implicaciones para el futuro son importantes. A medida que avance la tecnología, es probable que veamos más programas personalizados que monitoricen en tiempo real biomarcadores como el NAD+, la eficiencia mitocondrial y la inflamación celular. Entrenadores, preparadores y médicos deportivos podrían adaptar los protocolos de recuperación y nutrición al perfil celular de cada deportista. En este modelo, la salud celular se convierte en un parámetro medible, un factor que describe cómo trabaja y se adapta el organismo bajo presión.

Estamos entrando en una etapa en la que la preparación deportiva y la salud ya no son objetivos separados. Ocuparse de los niveles de NAD+ no consiste en sustituir los métodos tradicionales de entrenamiento o recuperación, sino en complementarlos. Igual que el asesoramiento nutricional, la fisioterapia y la preparación mental se convirtieron en componentes habituales de los programas deportivos modernos, la administración de NAD+ se estudia hoy en ese mismo contexto. A medida que avance la investigación, es posible que más equipos y centros de entrenamiento incorporen protocolos de apoyo celular a sus estrategias de recuperación.

En definitiva, el interés creciente por el NAD+ refleja un cambio más amplio en las ciencias del deporte: de perseguir el resultado inmediato a construir resiliencia. Nos recuerda que el rendimiento no consiste en llevar el cuerpo al agotamiento, sino en darle las herramientas celulares para adaptarse y reconstruirse de forma continua. A medida que esta comprensión se profundice, la preparación deportiva no se ocupará solo de los músculos, sino también de los mecanismos celulares de los que parte todo.

Reflexiones finales

Las inyecciones subcutáneas de NAD+ son uno de los ámbitos más estudiados de las ciencias del rendimiento actuales. Conectan la biología celular con la práctica deportiva, porque actúan sobre los sistemas de base del organismo en lugar de limitarse a los síntomas de la fatiga o del sobreentrenamiento. Al aportar NAD+, una molécula esencial en todas las reacciones de producción de energía del organismo, en el tejido subcutáneo, desde donde se absorbe de forma gradual, se actúa sobre los mecanismos de la eficiencia celular, de los procesos de recuperación y del mantenimiento de la función muscular a lo largo del tiempo.

La fuerza de este enfoque está en su sencillez: al actuar sobre la célula, se actúa sobre todo lo que se construye a partir de ella. Cuando tus células crean, reciclan y reponen energía de forma eficiente, todos los sistemas del organismo disponen de mejores condiciones. Los músculos se contraen con más eficiencia, los procesos de recuperación avanzan más rápido y la capacidad aeróbica se mantiene. No se trata de añadir estimulación artificial ni de forzar el cuerpo, sino de apoyar la forma en que está hecho para funcionar. Por eso la administración de NAD+ se estudia como elemento de un enfoque más inteligente y sostenible de la preparación.

La investigación sobre la administración subcutánea de NAD+ todavía está en desarrollo, pero la base científica es sólida y la lógica fisiológica es coherente. Las mitocondrias, las centrales energéticas de nuestras células, dependen del NAD+ para generar ATP, la molécula que impulsa cada movimiento y cada pensamiento. Cuanto más eficientes son las mitocondrias, más energía utilizable tiene el organismo en todos los ámbitos, de la fuerza y la velocidad a la claridad mental. En este sentido, la administración de NAD+ no tiene que ver con un único aspecto del rendimiento, sino con la base común de todos ellos. A medida que la investigación defina las dosis, los tiempos y las frecuencias óptimos, este enfoque podría pasar de la fase experimental a un lugar más estable en los programas de recuperación deportiva y de longevidad.

Eso sí, conviene subrayar que la administración de NAD+ no sustituye a la disciplina, la nutrición ni el entrenamiento. Es un complemento que acompaña a esos elementos. Quienes mejores resultados obtienen son quienes ya cuidan el sueño, una dieta equilibrada, la hidratación y la recuperación. Al combinar estos pilares de la salud con la atención a la biología celular, se crean las condiciones para un progreso sostenible. Dicho de otro modo: el NAD+ acompaña a los buenos hábitos, no compensa su ausencia.

Por ahora, quien esté interesado en la administración de NAD+ debería hacerlo bajo supervisión profesional, idealmente con especialistas que conozcan tanto la fisiología del deporte como la salud metabólica. El seguimiento regular de parámetros como los niveles de energía, la variabilidad de la frecuencia cardíaca, los indicadores de recuperación y el rendimiento muscular ayuda a valorar la evolución. Este enfoque basado en datos es la condición para la seguridad, la personalización y unos resultados medibles. Las clínicas especializadas en recuperación deportiva y medicina de la longevidad están empezando a adoptar estos esquemas, e integran la administración subcutánea de NAD+ en programas que también incluyen asesoramiento nutricional, preparación de fuerza y terapias regenerativas.

A medida que se profundiza en el conocimiento, una cosa queda cada vez más clara: la eficiencia energética celular es la base de la fisiología humana. Tanto si eres un deportista de élite como una persona activa que quiere mantenerse en forma con los años,

los niveles de NAD+ son uno de los parámetros que la investigación estudia en relación con esa base.

Lo que hace tan interesante este campo es que alinea las ciencias del rendimiento con las de la salud. Los mismos procesos celulares implicados en la recuperación tienen que ver también con la fatiga, el estrés oxidativo y los cambios asociados a la edad. Los ámbitos de estudio del NAD+ van, por tanto, mucho más allá del terreno de juego: tienen que ver con la longevidad, la resiliencia y la calidad de vida en general.

En muchos sentidos, la administración de NAD+ representa un nuevo capítulo en la forma de entender el entrenamiento y el bienestar. En lugar de gestionar la fatiga y la recuperación solo desde fuera, se mira a los mecanismos internos. Cuidar la salud celular es cuidar cada latido, cada respiración y cada paso hacia tu mejor nivel de rendimiento.

A medida que la investigación evoluciona, queda una idea sencilla: cuando tus células funcionan bien, todo tu organismo lo hace. Y con vías de administración como la subcutánea de NAD+, el estudio del rendimiento se desplaza del esfuerzo forzado a los mecanismos de base, célula a célula.

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Nota del autor

Desde un punto de vista científico, estudio la salud y el rendimiento a través de la biología celular, donde empiezan la energía, la recuperación y la longevidad. Mi interés profesional y de investigación por el NAD+ (nicotinamida adenina dinucleótido) nace de un profundo interés por la forma en que esta molécula esencial participa en el rendimiento físico, la reparación celular y la fisiología del envejecimiento.

El NAD+ tiene un papel central en la forma en que el organismo convierte los nutrientes en energía, repara las células después del estrés físico y mantiene su funcionamiento a lo largo del tiempo. Cuando los niveles de NAD+ se apoyan mediante enfoques como la administración subcutánea (SC) de NAD+, los sistemas energéticos celulares disponen de la coenzima necesaria para las reacciones que producen, almacenan y reponen energía. Estos son los mecanismos que la investigación estudia en relación con la resistencia al esfuerzo, los tiempos de recuperación y el mantenimiento de la función muscular.

Mi objetivo como divulgador en el campo de la longevidad y el rendimiento deportivo es hacer accesible esta ciencia a todo el mundo: a quien compite y busca margen de mejora, y a quien simplemente quiere entender mejor cómo funciona su organismo. Conocer el NAD+ no consiste en seguir una moda, sino en entender los mecanismos de base de la fisiología.

En el caso de deportistas y profesionales del deporte, el NAD+ se estudia en relación con la adaptación al entrenamiento, la gestión de la fatiga y los ciclos de recuperación. Para quienes se interesan por la vida saludable y la longevidad, es un ámbito de investigación que tiene que ver con la función mitocondrial, la regulación de la inflamación y el metabolismo energético con el paso de los años. La biología que hay detrás del rendimiento deportivo es la misma que hay detrás de la resiliencia del día a día.

Mi aportación consiste en conectar el conocimiento científico con la aplicación práctica, ayudando a las personas a entender cómo se refleja la función celular en el rendimiento y en la fisiología del envejecimiento. Creo que ocuparse de las células es ocuparse de todo lo que se construye a partir de ellas: resistencia, recuperación, concentración y calidad de vida.

En esencia, la ciencia del NAD+ nos recuerda que el rendimiento y la salud a largo plazo comparten la misma base. Tanto si eres deportista como si simplemente quieres cuidarte, la energía celular es el punto de partida de ambos.

Autor: Henry Gertjan van de Glind

Fecha de publicación: 6-11-2025